Un cuento para Mary

por Ricardo Calixto Quesada 22/05/98

 

I

Cuentan algunos que aquella fue la mejor interpretación del Piano Concerto número 21, KV 467 en DO de Mozart. El virtuoso pianista estaba en su apogeo, y nadie lo podía negar. Aquella noche llovía, pero poco importaba. El teatro estaba colmado y la gente aplaudía de pie alocadamente. Nadie se había movido de su lugar. El joven músico había puesto tanta alma en la interpretación, que la percepción de la misma, había provocado en los espectadores una pasión incontenible. Cada nota había penetrado el corazón del gentío. Cada nota había vibrado tan dentro de la multitud, que los aplausos y hurras se mezclaban con llantos. Los presentes se empezaron a abrazar, como si aquello hubiese sido una victoria. El primero, recuerdo bien, fue entre un grupo de melómanos que se encontraba en Paraíso. Luego, los abrazos siguieron en Tertulia llegando a Platea y palcos. Fueron abrazos emocionantes plasmados de vigor. Luego llegaron los besos, tal vez, provocados por la reacción que tuvo aquella mujer de la primer fila con el atónito músico. Ella se le acercó, tomó su mano primero y luego lo besó de tal manera que ni el mismo Eros en su esplendor hubiera imaginado jamás.

Los besos, para ese entonces, eran moneda corriente para todos. Para todos menos para el gran interprete del Piano Concerto número 21, KV 467 en DO de Mozart que se encontraba estupefacto ante semejante espectáculo. Se hallaba parado, duro, con aquella señora que le declaraba su amor infinito. Se lo notaba atormentado, y lentamente se fue acercando hacia su piano para echarse a llorar desconsoladamente.

La gente, así como así, se fue calmando poniendo sus miradas en el solitario y triste músico. Con el teatro en silencio, algunos se le acercaron y le pidieron perdón. Otros se retiraron angustiados. Yo todavía estaba ahí, contemplando el llanto de un niño, mirándolo con impotencia y admiración. Luego el pianista se durmió sobre su instrumento, y cuando quedé solo, me le acerqué, le dije gracias y me retiré.

Volví a casa empapado, meditabundo y cansado. Me tiré a dormir, aunque en vano. Fue una noche tormentosa llena de pesadillas. En mi mente repiqueteaba la melodía del Andante del Piano Concerto número 21, KV 467 en DO de Mozart... Piano Concerto número 21... número 21... algo me picaba con el 21 y eso no me dejaba dormir.

 

II

Me levanté abruptamente, con el cuerpo lleno de sudor, y una imagen borrosa de un diálogo que habré mantenido alguna vez. Bebí algo de leche para tranquilizarme. La radio transmitía las noticias y una brisa seca tímidamente se metía en la cocina. La tormenta ya había amainado. Salí a dar una vuelta. Esa era mi hora preferida, las calles vacías, las veredas recién lavadas y un cobarde sol asomándose tras la avenida. Con un paso reflexivo emprendí mi caminata. Las imágenes de aquella conversación todavía las tenía latentes, quizás, más nítidas.

En mi recorrido matutino, sentí un armonioso silbido. No era el piano Concerto, no, lo conocía muy bien como para confundirlo. Era una melodía similar, aunque más rápida y a veces más lenta. Me llamó la atención y me dirigí hacia su origen. Provenía de un puesto de diarios que jamás había visto. Era un puesto sobrio, discreto, atendido por una señora, acaso de unos 70 años, de cara arrugada aunque con una mirada perspicaz, que al verme llegar, paró de silbar, me saludó amablemente, me entregó un periódico, le agradecí, y me despidió, como si me estuviese echando, tratando de disimular una traviesa sonrisa.

Camino a casa, advertí que el diario era de hace tres semanas. El quiosco y ella, habían desaparecido, sin dejar rastro alguno, como si nunca hubiesen existido, devolviéndole a aquella vieja esquina su estado de pacífica soledad.

Me senté allí por un buen rato, intrigado, tratando de comprender lo incomprensible, tratando de recordar aquel diálogo, tratando de explicar lo acontecido la noche anterior... en fin, tratando inútilmente.

Tomé el diario y lo empecé a leer. Noticias viejas... La parte de espectáculos comentaba la inauguración de un local con la actuación de una sinfónica... La parte literaria hablaba sobre mitología griega... ¿mitología griega? Repentinamente comencé a recordar la conversación... era acerca de Prometeo... posiblemente cuando éste le pidió a Atenea que lo dejara entrar secretamente al Olimpo, para conseguir el fuego que los hombres necesitaban para cocinar las crudas carnes del toro... ó posiblemente no.

¿Qué me quería decir el periódico? ¿Qué es lo que trataba de buscar yo?

Fatigado, decidí volver a casa. Tomé otro vaso de leche y me fui dormir. Desperté antes de medianoche, descansado. Con las ideas, esta vez más claras, intenté asociar el diario con la conversación y con el Piano Concerto que era el número 21; 21 días de antigüedad tenía el diario, que hablaba sobre mitología; la conversación mitológica sabía que la había mantenido no hace mucho, pero desconocía con quién. Le resté importancia y salí a comer al bodegón.

 

III

Era un bodegón con todas las letras, atendido por unos españoles. Se comía carne roja, aunque lo más recomendable eran las pastas. Lo frecuentaban tanto artistas como periodistas del ambiente, si bien también concurrían filósofos y sabios. Era un grupo singular de personajes, que años atrás habían iniciado la revolución cultural. El movimiento, objetable para ser sincero, del siglo. Aquellos días se vivían con locura de la sana, pero con locura al fin. Se vivían con euforia y pasión. Era ir al mágico bodegón para comentar las novedosas ideas y divulgarlas y predicarlas. Era ir para vibrar de emoción, para elevar el espíritu al punto más pleno, para gozar aquel orgasmo cultural, aquella mezcla rara de eventos que hicieron historia y que todavía vivo cada vez que vuelvo.

Pero aquella noche fue diferente, caras nuevas habían reemplazado a las de siempre. Era extraño, todas las mesas estaban ocupadas por desconocidos que se expresaban en algún lenguaje lejano. Quise averiguar lo que estaba sucediendo, pero nadie me respondía coherentemente. Nadie parecía entenderme. Me senté en una libre y aislada silla, sin mesa, aguardando la llegada de algún rostro conocido.

Durante mi espera, se me acercó un niño con un globo verde, me dio un beso y se fue. Luego se me aproximó una joven pareja, se arrodillaron, expresaron algo que no comprendí y se marcharon. El desfile siguió y siguió. Uno por uno, todos los del bodegón se me acercaron, balbuceaban algo y se retiraban. Yo seguía ahí sentado, contemplando semejante espectáculo. Se me arrimaron gordos, altos, pícaros, alegres, llorones, pensadores. Sin embargo no pude interpretar a ninguno.

Y llegaron los últimos dos, la señora del diario y el pianista, juntos. Me observaban detenidamente. Los miré a los ojos, en los cuales pude representar aquél misterioso diálogo mitológico. Ellos me lo estaban transmitiendo, pero de tal manera que podía personalizar cada palabra, cada pausa, cada detalle. Me sumergí en sus profundas miradas y comencé a vivir nuevamente aquella charla donde Eurínome, la Diosa de Todas las Cosas, separaba el mar del firmamento, donde Edipo le replicaba a Layo que no reconocía más superiores que los Dioses o sus propios padres... sus propios padres. ¡Qué ironía! Eran padre e hijo, y no se recocieron. ¿Fue el oráculo ó fue el destino? El recuerdo de mis padres me vino a la mente. Hace años que no los veía, los extrañaba y los necesitaba. Me eché a llorar en el piso como un niño sin consuelo, deseando que estén a mi lado.

Recuerdo que luego oí decir gracias, unas pisadas que se alejaban y un tarareo del Andante del Piano Concerto número 21, KV 467 en DO de Mozart...





Back to arts